Desde que era pequeño, Spencer W. Kimball sufrió el dolor que se siente ante la muerte de los seres queridos. Cuando tenía ocho años, su hermanita Mary murió poco después de nacer. Al mes, sus padres presintieron que Fanny, que tenía cinco años y hacía varias semanas que estaba muy enferma, estaba a punto de morir. Spencer contó después sobre el día en que la pequeña Fanny murió: “En mi noveno cumpleaños, Fanny murió en los brazos de mamá. En las primeras horas de la noche, nos despertaron a todos los niños para que estuviéramos presentes.


Recuerdo la escena en nuestra sala… mi amada madre sollozando mientras tenía en los brazos a su hijita de cinco años moribunda, y todos nosotros rodeándola”1.Mucho más difícil fue para el joven Spencer la noticia que recibió dos años después, la mañana en que lo llamaron junto con sus hermanos para que regresaran a casa de la escuela. Corrieron hasta su casa y allí encontraron al obispo, que los reunió a su alrededor para decirles que su madre había muerto el día anterior.[Vivían en Arizona y el padre había llevado a la madre a Salt Lake City para su atención médica. El obispo se enteró del fallecimiento por un telegrama.]

El presidente Kimball relató esto: “Fue como si un rayo me hubiera caído encima. Salí corriendo de la casa al patio de atrás, para estar solo con mi torrente de lágrimas. Al estar donde nadie pudo verme ni oírme, al estar lejos de todos, lloré y lloré; y cada vez que decía la palabra ‘mamá’, volvían a inundarme las lágrimas, que corrían hasta que parecían agotarse.
¡Mamá, muerta! ¡No podía ser! ¿Cómo seguiríamos viviendo sin ella?… Mi corazón de once años parecía a punto de estallar” 2.
Cincuenta años después, el élder Spencer W. Kimball, que era entonces miembro del Quórum de los Doce Apóstoles, se encontraba muy lejos de su hogar, recuperándose de una seria intervención quirúrgica. Sin poder conciliar el sueño, le vino a la memoria el día en que murió su madre:

“Siento deseos de llorar otra vez… al llevarme mis recuerdos por esos tristes caminos” 3. Al enfrentar la profunda tristeza de esas experiencias, Spencer W. Kimball siempre encontró consuelo en la oración y en los principios del Evangelio. Incluso durante su niñez sabía a qué fuente dirigirse para recibir paz. Una persona amiga de la familia escribió esto sobre las oraciones del pequeño Spencer: “…cómo pesaba tanto en su corazoncito la muerte de su madre y, sin embargo, cuán valientemente luchaba con su dolor y buscaba consuelo en la única fuente donde podía encontrarlo” 4.Durante su ministerio, el presidente Kimball con frecuencia ofrecía palabras de solaz a los que lloraban la pérdida de sus seres queridos. Les testificaba de los principios eternos, asegurando a los santos que la muerte no es el fin de la existencia. Una vez dijo en un funeral:
“Nuestra visión es limitada. Con los ojos podemos ver sólo unos pocos kilómetros hacia adelante; con los oídos podemos oír sólo durante unos pocos años. Estamos encerrados, enclaustrados en un cuarto, por así decirlo, pero cuando nuestra luz de esta vida se apague, entonces veremos sin limitaciones terrenales…“Al entrar en la eternidad, las paredes se derrumban, el tiempo llega a su fin y la distancia se esfuma y se pierde… e inmediatamente salimos a un mundo grandioso en el cual no existen las limitaciones terrenales” 5.


1. Citado por Edward L. Kimball y Andrew E. Kimball, hijo, en Spencer W. Kimball, 1977, pág. 43.
2. En Spencer W. Kimball, pág. 46.
3. En Spencer W. Kimball, pág. 46.
4. Joseph Robinson, en Spencer W.Kimball, pág. 46.
5. The Teachings of Spencer W. Kimball, por Edward L. Kimball, 1982, págs. 40–41.

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